domingo, 20 de noviembre de 2016

Estrategia publicitaria


He estado dando tumbos desde que me convertí en la mala oficial por tener un par de citas con Matt, ya que él tenía novia. La verdad es que él me gustaba mucho más de lo que pensé que llegaría a hacerlo. No se parece lo más mínimo a otros chicos con los que he salido; aunque sabía que no estaba dispuesto a dejarlo con Alyssa, me encontré enamorándome como una idiota. Cuando ella regresó y se reconciliaron, volví a la vida de juergas salvajes para tratar de evitar que las buenas noticias acerca de ellos dos no me alcanzaran. He de decir que no sirvió para nada: me enteré igualmente de su compromiso y poco después me presenté como una cuba en un baile benéfico en una mansión de campo de Londres. Aunque no recuerdo demasiado de mi lamentable espectáculo y de algún modo no hay más que un vídeo en YouTube, tuve que hacer trabajo comunitario durante dos meses y someterme a terapia para dejar el alcohol. No fue demasiado apropiado, en resumen.

El trabajo comunitario que tuve que hacer fue ayudar en una guardería especializada en niños con problemas. Como quedó bastante claro que los niños no son lo mío, la directora me puso a hacer tareas más de secretaria, tipo hacer fotocopias y preparar café. Fue la primera vez en mi vida que trabajé de verdad, y el esfuerzo de madrugar y someterme a una rutina, aunque al principio fue una verdadera tortura, demostró ser muy beneficioso. Me sentía mucho más lúcida de lo que había sido en mucho tiempo, aunque durante las primeras semanas mi mayor miedo era que las noticias de mi transgresión llegasen a mi padre, no pareció suceder nada, ya que durante mis conversaciones con Skype con Nueva York nada se salió de lo normal. No les oculté a mis padres mi paso por el trabajo comunitario, pero les dije que eran unas prácticas obligatorias de la Universidad, cosa que les sorprendió un poco, ya que les constaba que hacía como un año que no pisaba las aulas, pero parecieron alegrarse de que la hija pródiga se enderezase.

Sin embargo, aunque estuviese comportándome un poco más como una persona normal, seguía pensando en Matt. Lo más duro no era que él fuese a casarse, sino la idea de que, sin duda alguna, no me dedicaba ni un minuto de sus pensamientos cuando él era lo único en lo que yo podía pensar. Eso y que yo seguía siendo la mala de la película, con la mayoría de las chicas del bloque mirándome con desdén. Yo tenía el corazón roto, pero al parecer no tenía derecho ni a eso porque, a fin de cuentas, había sido yo la aspirante a robanovios.

Cerca de un mes después de mi descalabro público en el baile benéfico, cuando barría el patio de recreo mientras los niños estaban en clase, oí que llamaban mi nombre desde la verja:

-¿La señorita Sforza?

Lo primero que pensé fue: “Genial, un papparazzi”.

Me giré y vi a un tipo rubio y de ojos azules, increíblemente guapo e increíblemente conocido: Magnus Oxenstierna, un aristócrata sueco igual de crápula que yo y al que no había visto en persona jamás, a pesar de vivir en el mismo edificio que yo.

-La misma –respondí a su pregunta.

Él esbozó una sonrisa irresistible. Allí, en medio de la calle, comprendí por qué estaba siempre entre los más deseados en las revistas del corazón.

-Había oído que te habían puesto a hacer trabajo comunitario y me dije que eso tenía que verlo con mis propios ojos.

Así que, además de guapo, era un imbécil. Y yo allí, volcando el contenido del recogedor en la papelera del patio de la guardería.

-Pues ya lo has visto. Puedes marcharte.

Él rió entre dientes.

-Sabes, antes incluso de verte liarla en el baile, ya había oído hablar de ti.

Hice un mohín de desagrado.

-Sí, mucha gente ha visto ese vídeo.

-No, yo vi la versión en directo –cuando dijo eso, le miré de refilón, y añadió-. Yo también estaba en aquel baile por requisito familiar. Estaba siendo infumable hasta que apareciste tú. Así que gracias. Me gustaría invitarte a tomar algo como agradecimiento.

Hizo un gesto con la cabeza indicando el pub de la esquina, al que las profesoras de la guardería iban a veces después de cerrar y en el que el psicólogo con el que iba a terapia me había prohibido terminantemente poner un pie. Fue un fugaz instante de tentación, pero sacudí la cabeza y repliqué:

-Ya no bebo –vi por el rabillo del ojo el gesto sarcástico de su sonrisa y añadí-. Temporalmente, al menos.

-Puedes tomarte un refresco. Vamos… que no muerdo.

Me mordí el labio inferior. No era fácil darle largas a aquel tipo. Y a decir verdad, mi espíritu aventurero me pedía a gritos que me acercase a Magnus y dejase que algo muy loco sucediese. No había habido ningún hombre en mi vida desde Matt, y de eso hacía más de un año.

Pero si esperaba que sucediese algo incontrolable y apasionado, me llevé un chasco.

Magnus me explicó más tarde, en otro pub a un par de manzanas (no quería que me vieran con él las profesoras de la guardería), que buscaba a una chica con la que dar el perfil de un tipo con novia. Ante mi pregunta de por qué no se buscaba una novia de verdad, me respondió que no había conocido aún a nadie que le interesase lo bastante, pero necesitaba dar a entender a su familia que se había reformado para que no le cerrasen el grifo. Yo no acababa de entender cómo la hija de un mafioso iba a servir a sus propósitos, pero él aseguró que era tal su estatus de oveja negra entre los Oxenstierna, que sus padres no se fijarían en pequeños detalles como aquél. ¿Y qué ganaba yo?, le pregunté. Lo mismo, según él: cuando las noticias de mi irrupción en el baile benéfico llegasen a oídos de mi padre, y lo acabarían haciendo, yo aparecería ante sus ojos totalmente reformada, con un novio estable que, además, era de la aristocracia. Podríamos incluso dar una entrevista o dos manifestando cómo nuestro amor nos había rescatado de aquella vida descontrolada por la que ambos nos habíamos destacado. Lo cual no quería decir, por supuesto, que fuésemos a dejarla de verdad. Sólo nos mantendríamos fuera del radar durante una temporadita.

Eso fue hace cinco meses.


Fingir ha resultado muy fácil. Tanto, que, como una idiota, he empezado a enamorarme de este caradura. 

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